El hielo y el frío me paralizaban. Mi cuerpo y mi mente no se podían mover. Quieta, quieta. La vida continuaba imparable ahí fuera: en la calle y en mi casa, pero yo no podía andar. Quería quedarme quieta y ver pasar la vida disfrutando de los detalles, observando el día a día. Quería caminar despacio y mirar hacia los lados, pero mi corazón estaba helado y no me dejaba pensar. Calma, sueño, no duermas, llévame allí. Una fría escarcha cubría mis pensamientos, ahogándolos en lo más profundo de mi ser. A veces salía el sol y yo quería florecer junto al resto de flores del campo pero, en cuanto surgía el primer brote, caía de nuevo la noche y yo caía con ella. Era un árbol hibernando en plena primavera. Calma, sueño, no duermas, quédate ahí. A veces, se levantaba un huracán en mis entrañas. Lo arrasaba todo a su paso y, momentáneamente, me permitía ver desde su ojo el desastre que había a mi alrededor. Calma, sueño, no duermas, quédate aquí. Yo era el frío en una noche de finales de agosto.

Frío en agosto • por Laura López Sánchez

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